Segunda

Por Geka

          Valparaíso fue una ciudad pequeña y algo mañosa, con unos… casi 500 años de edad si es que contamos desde el segundo en que se independizó el país. Algo acorralada, las calles producían una sensación ambigua, con esas cuestiones que la gente llamaba casas amontonadas hasta decir basta a lo largo de los cerros, cada una senda en su lugar como si constituyera un panal de abejas, y con una singularidad que no contaba con edificios ni rascacielos; solo algunas plazas coníferas con un poco menos de 200 años cada calle y media, decorada con unos farolitos bien oxidados en los barrios pobres, que en su tiempo eran las cuadras comerciales de la ciudad, que miraban con recelo al hermoso Puerto de Valparaíso, en donde accedía toda la mercadería extranjera y recaía el bolsillo de la mañosa ciudadela y Viña del Mar completo. Por esa zona de grandes tiendas y gasolineras había un café. Un Starbucks. Escondido entre tanto callejón y gente esforzada con saco que circulaba con apuro entre aquellas calles, al frente de lo que hace más de cuatro siglos fue la estación El Salto del Metro de Valparaíso, que ahora solo yace cerrada con unas vías podridas que infectan los suelos hasta Las Américas, donde se cortan como si fuese trabajo de un cuchillo casero. Desaparecen.

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