No hay nada nuevo bajo el sol

Por Geka

Sólo recuerdo que dejó esta nota:

          “No sé por qué he estado tan somnoliento estos últimos días, es como si estuviera aburrido de vivir. Tampoco tengo ganas de leer, y cada cosa que hago luego la desecho, sin importarme el tiempo que haya gastado haciéndola.

          Mañana es Halloween y cumpleaños de un amigo, y ni siquiera me inmuté hoy, sábado, de ir a comprar su regalo, aunque sé que no le importará, ya que no sería la primera vez que me presento vacío ante su puerta en su fiesta.

          Aún cuando quería salir lo más rápido posible del colegio los días de semana, me dí cuenta que igual durante los fines tengo tanto tiempo que no se qué hacer; me aburro, y estando solo no siento ni una tensión de levantarme o moverme de aquí como cuando está mi mamá para molestarme con que haga esto y que ordene aquello. También como cuando está mi hermana, que por lo menos charla un poco antes de sus típicas desapariciones. No sé si será porque estoy enfermo o qué, pero siento un desánimo aplastante, al punto de no tener ganas de entrar a mis gatos regalones a la casa (cosa que, estando mi madre, sería imposible). Y lo peor es que cuando les pregunto a mis compañeros qué hicieron el viernes durante clases, me dicen que nada, lo que me deprime más.

          Igual, ahora que lo pienso, cuando está mi hermana lo único que hace es dormir, luego el día siguiente se arregla a salir de nuevo para no aparecer hasta el próximo mes.

          Quizás lo que yo necesito es dormir, no sé, estos días me he estado acostando poco antes de la una de la mañana, y despertando poco después de las ocho. Quizás sea porque nada de lo que he hecho ha dado resultado, y lo que sí, lo deshago; escucho música de Gorillaz todo el día mientras veo mis maquetas, como si albergaran una época pasada de mí, siendo que las sigo construyendo, además del ambiente muerto que produce esta casa, que decidió mi madre, de ladrillo y madera a las afueras de un pueblo en el que no se puede hacer nada, que he estado así de enfermizo.

          Ya pocas cosas me divierten, y cada día me siento más alejado de mi círculo social; ese grupo que fuma por entretención, ése que ahora bebe alcohol en vez de gaseosa, ése que conversa y se reúne hace no tanto con los fiesteros más perdidos del colegio y los conoce a todos por nombre y apellido, ése al que le gustan las mujeres imbéciles con aliento a cerveza y cuerpo bailando al ritmo estupefacto del éxtasis; ese grupo, al que pertenezco, ese grupo. Me siento solo, solo aquí en esta casa hecha de tocho y madera alejada de mi vida, aburrido de respirar, de mantener mis ojos abiertos para no ver nada. Pienso que suicidarme sería mucho más fácil que continuar con esta porquería a la que no le veo esquina, que si no es por estar ocho desagradables horas dando vueltas en clases, tendría que aguantar una infinidad de horas del día aquí. Es solo que no veo cómo apretar ese gatillo, la oportunidad para irme sin remordimiento de cosas materiales. ¿Y mi mamá? Me daría algo de pena floja, pero sólo porque sé que yo era el único hijo al que aún veía como tal: mi hermano, el mayor de los seis, fue el primero en el que perdió la esperanza.

          Al parecer nosotros peleamos tanto con los padres que llega un momento en el cual ellos se rinden, y lloran, porque saben que no cumplieron su papel, que la pelea los hizo tropezar y no permitió que nos guiaran hasta el final, y no se atreven a reclamar el derecho de llamarse como tales. Lo mismo pasó con mi hermana menor, quién dejó la casa a los trece años tras una riña tremenda quién sabe por qué estupidez con la vieja. Desde ese momento mi madre perdió toda autoridad en mi hermanita, y hasta hoy, cinco años después, ella la ignora, viene y va; llega una noche a dormir y sale al día siguiente como si fuera una visitante alojando en un motel barato. Y así nadie conoce la vida social que lleva mi hermana, mi mamá no sabe ni con quienes se junta todos los días, y es sólo cuando se trata de dinero que mi hermana le dirige palabra a mi madre. Un hijo que no se comunica y le importa un comino el padre, es uno perdido para éste, y así la Mari. Y yo, único restante al que aún le puede llamar así según los otros cinco, soy pésimo. Realmente no sé qué pensará nuestra mamá de mí, pero yo a estas alturas habría hecho el quite con el asunto ya. No sé de dónde sacará la fuerza para seguir adelante sola, trabajando todos los días diez o quince horas para sostener al hijo desagradecido e infeliz sin mucho futuro, y somnoliento.

          Porque ya no aguanto más lo que antes sí. Pareciera como si todo ese optimismo por ver las buenas fauces de la vida, ésta lo hubiera mordido hasta agujerearlo por completo. Porque me irrita hablar con mi mamá; ya no resisto sus mentiras, sus defectos, cosas que antes me defendía sabiendo que es mi figura maternal, y con toda la gente; porque sé que lo hablado no es lo que piensan, que son imbéciles con una enfermedad crónica llamada vida y concluida en muerte, porque yo sufro algo parecido a la alergia, porque cada Noviembre llega ésa porquería que la gatilla, a mi depresión y mi falta de sueño. Octubre treinta de 2010.”

Y hasta el día de hoy, eso es todo lo que nos quedó de él…

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