Vivencias del XVII Viaje al Norte

          El viaje de estudios al norte: para algunos es tan sólo parte del currículo escolar que da prestigio a la institución y al estudiante, para otros es un viaje más en el que se conoce alguna que otra ciudad de la cual se oye hablar a veces y hay gente que cree que es una tontería y una pérdida de dinero, pero algo es seguro independiente a todos los puntos de vista, el viaje es mucho más que eso. Y ciertamente es mucho más que eso, como lo dice su nombre, es un viaje de estudios, en el que no se va a descansar o a vacacionar; no, en el viaje uno obtiene un aprendizaje que no lo pueden entregar ni las mejores aulas ni los mejores docentes, me refiero al aprendizaje in situ. Qué mejor que estar en los parques nacionales, viendo las especies de flora y fauna endémicas, qué mejor que estar en el desierto para sentir su aridez, su soledad y su inhóspito vacío… qué mejor que estar donde se hundió la Esmeralda y el héroe nacional más grande dio la vida por nosotros. Pero por sobre todo esto hay cosas más importantes, cosas fundamentales y con esto me refiero a lo que queda, no en conocimiento, sino, en sentimiento, la esencia del viaje. Los valores que se aprenden y se emplean tienen más peso que toda la erudición lograda en temas de geografía e historia; la camaradería, el compañerismo se dan naturalmente en los grupos, de manera forzosa a veces para convivir con quién no te llevas de lo mejor y terminar la guía rápido para dormir, la perseverancia y la calma son simplemente inevitables para subir los a alturas por sobre los 4.000 metros sobre el nivel del mar y soportar oscilaciones térmicas que van desde los -18°C hasta los 34°C en el mismo día, pero hay que saber que nada de esto vienen sin una recompensa. En el Valle de la Luna, mientras veíamos la puesta de sol, se sentía una calma interna tan grande que nos hacía olvidar de cualquier preocupación. Y hay dos valores que me fueron importantísimos para rescatarlos, estos son el respeto y la justicia. Son dos valores que aprendí por sobre los otros, quizás por la forma o por cómo es y quién me los enseñó. El respeto en todo el ámbito diario de la vida, respeto por la naturaleza, por nuestro entorno que también es el de los demás y respeto por ellos mismos, sin respeto no puede haber ningún tipo de relación entre dos personas más que indiferencia. Y la justicia, comprendí que la vida no es justa siempre, pero uno no tiene porque ser injusto ante la vida.

          […] Quise dejar aparte este momento del viaje por el significado que tuvo para todos, me refiero a la instancia que vivimos en el memorial a los pies de los nevados de Putre, donde el camino de la vida llegó a su fin para nueve inocentes jóvenes… Se podía sentir lo que sintieron esas nueve niñas llenas de esperanzas y añoranzas para la vida, una calma tremenda al ver un paisaje tan extenso, pero al mismo tiempo podíamos sentir la inseguridad de que en cualquier momento, nuestra vida puede acabar, y la impotencia que sintieron las madres al no poder hacer nada por sus hijas o éstas por salvarse. Fue un momento de reflexión, de aprendizaje moral para todos, en el que aprendimos a valorar las cosas que tenemos porque nada es para siempre. El momento fue muy emotivo al sernos entregadas las cartas de nuestros padres, después de la reflexión cada palabra que leíamos equivalía a una lágrima y a un sentimiento que cada momento se volvía más fuerte, y después comprendí que ese sentimiento era amor. Amor a la vida, amor a mis padres, mis amigos, porque son lo único que tengo y son lo que más aprecio.

          De algo estoy seguro, no es innegable que algunos no hayan puesto atención a las clases, pero no me equivoco al decir que todos llegamos un poco más grandes y con una fuerza y sentido espiritual mucho mayor. En fin, una verdadera lección de vida.

          Quisiera agradecer a los profesores por todo lo que me enseñaron en el viaje, a todo el equipo de Bravo sin el que nada de esto podría haberse llevado a cabo y también, a nuestros padres, por este viaje que nos brindaron.

          Una de las conclusiones de la reflexión fue que la vida es un camino solamente y que no sabemos cuándo acabará y nosotros podemos fijar la dirección, pero tengo la certeza de algo y es que finalizado el viaje, nos encontramos en buen camino.

Muchas Gracias,
José Manuel Zulueta
I° Medio 2010

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